La perplejidad de un médico ante el apabullante fenómeno del coronavirus

El que escribe este artículo es un simple médico de familia o, como se llamaba antes, un médico de pueblo, es decir, un médico cuyo cometido es ocuparse de las enfermedades más comunes que padecen los ciudadanos de a pie: resfriados, gripes, gastroenteritis, cistitis, dolores de cabeza, fiebres, mareos… Y después de cuarenta años de ejercicio de esta profesión, ha visto, tratado y curado centenares de casos de todo tipo, y de todos los grados de intensidad, de estos cuadros comunes de enfermedad. Este médico de familia, para ejercer su profesión durante tantos años, se ha servido de los conocimientos médicos que le dieron en la facultad y, como muchos otros profesionales de otros oficios, se ha servido también de la lógica elemental que algunos filósofos llaman lógica aristotélica, y que los ciudadanos de a pie denominan sentido común. Y se puede decir que, con eso, ha podido enfrentarse con bastante éxito a esas enfermedades comunes que acabamos de nombrar.

Pero este año está viviendo y experimentando un mega-fenómeno que está desbordando, con mucho, su capacidad de asombro y su sentido común, y que le tiene sometido a un estado de perplejidad que le resulta difícil de explicar. El mega-fenómeno se llama “coronavirus” que no sabemos muy bien si es debido a que su nombre tiene una curiosa referencia regia de “corona”-virus, o a que se localizó hace unos meses en un lugar exótico como China… O a alguna razón oculta que pueda escapar al conocimiento de este simple médico que escribe… El caso es que el susodicho virus ha llamado poderosamente la atención de toda la prensa del mundo mundial que, desde hace meses, no ha cesado de dar información sesgada, incompleta, contradictoria y, sobre todo, aterradora sobre las malas intenciones que tiene ese puñetero virus. Y la prensa, ella solita, ha logrado crear un paranoia colectiva de extensión mundial que ha afectado a ciudadanos y, cómo no, también a los políticos. Hasta tal punto que éstos, impresionados por la aterradora información, se disponen a parar de un frenazo el mundo entero, cueste lo que cueste. Pero hay que decir que el precio de esta parada mundial va a suponer el dejar en situación de grave precariedad a millones de ciudadanos que, de la noche a la mañana, van a perder sus empleos porque, a causa de la brusca parada, todo el mundo laboral va a cerrar sus puertas: hoteles, bares, comercios, transportes, ocio, espectáculos…, todo parado en aplicación del estado de alerta decretado por el gobierno.

Es una situación totalmente desproporcionada que nunca se ha producido, ni en caso de guerra, y que va a llevar a gran parte de la población a una situación de catástrofe de consecuencias inéditas e impredecibles; aunque creo que vale la pena llamar la atención del lector en el detalle de que, aunque sean muchos los ciudadanos que se van a ver en la miseria en pocos días, los políticos que han tomado semejante decisión con relativa facilidad, no van a dejar de cobrar sus sustanciosos honorarios, aunque hayan parado el mundo ¡por supuesto que ellos no pueden permitirse dejar de cobrar! Ellos están para tomar decisiones y los ciudadanos para sufrirlas y seguir pagándoles el sueldo, no faltaría más.

En sus discursos, esos políticos, parece que se excusan en los consejos e indicaciones que les están dando los científicos “enteraos” que, por cierto, son todos funcionarios de organismos nacionales e internacionales que, curiosamente, tampoco van a sentir en sus bolsillos el cese de la actividad laboral de los demás ciudadanos ¡faltaría más!… y… ¿qué es lo que dicen esos “grandes” científicos que cobran del dinero de todos?… Pues dicen que el coronavirus es muy peligroso, muy contagioso y que está matando a gente. Parecen razones de peso para motivar a los políticos y meter miedo a gran parte de la población, y así obligarla a obedecer disciplinadamente y sin rechistar, que acepte quedarse sin empleo y sueldo indefinidamente…, por mucho que le cueste llegar a final de mes.

Pero ya llevamos algunos meses con el fenómeno en marcha, y la prensa nos ha servido y nos sirve una especie de “tuttifruti” o “macedonia” de noticias variadas, sensacionalistas, preocupantes, exóticas e, incluso, contradictorias… Noticias y noticias sin parar que, si las analizamos, quizá podamos llegar a unas conclusiones que, con ayuda del sentido común, puedan contribuir a disipar la paranoia colectiva. Aunque, como advierte un conocido refrán, el sentido común sea el menos común de los sentidos. Sobre todo en una población paralizada y desbordada por el terror, que apenas le deja pensar con claridad, ante tanta información confusa.

En efecto, si el lector presta atención a la propia prensa observará que, de vez en cuando, se filtra la información que pretende explicar algo que tiene su importancia, tanta, que hay que prestar atención: que el coronavirus, en realidad, la patología que provoca es un “catarro” o una especie de “gripe” como mucho. Es decir, el coronavirus, es equivalente a los virus de la gripe y causa un cuadro similar, o sea, un catarro. Por tanto, la pregunta es…, si esto es cierto… ¿es necesario parar el mundo para prevenir que unos cuantos miles de ciudadanos no tengan catarro durante unos días?… ¿no es eso lo que pasa cada invierno durante los dos o tres brotes de gripe que tenemos todos los años sin excepción? ¿vale la pena que millones de personas pierdan su puesto de trabajo para evitar que algunos pasen unos días de catarro?… ¿deberíamos parar el mundo todos los años en el tiempo de la gripe para evitar los catarros invernales de cada año?…

Como médico de familia opino que la enorme preocupación y los trastornos psíquicos y físicos que va a producir el estado de miseria económica de millones de ciudadanos va a ser mucho más grave, con diferencia, que el hecho de que unos cuantos cientos de miles pasen un catarro. Ante estas razones de pura lógica o sentido común, los científicos y los políticos “responsables” de estas decisiones exponen que el coronavirus, además de resfriados, causa muertes; sí, sí, muertes; aunque a veces, pocas veces, con la voz baja, añaden que los fallecidos son de una edad de 80 años de promedio; es decir, que son en su mayoría ancianos y/o con enfermedades terminales previas… Estos pequeños detalles de información que la prensa y los científicos añaden en pocas ocasiones y a modo de “letra pequeña”para que no calen demasiado entre los ciudadanos, son de grandísima importancia para hacer un análisis real de la situación. Porque el lector debe saber que un médico de familia, como el que escribe este artículo, se ha pasado 40 años ejerciendo la medicina de familia y viendo que todos los ancianos, efectivamente, fallecen a causa de su agotamiento vital debido a su edad, y siempre lo han hecho y lo hacen por causa o, podríamos decir, “empujados”, bien por una gripe, una gastroenteritis, una cistitis, un resfriado, una bronquitis, una ligera caída con fractura, un susto o un disgusto… Es decir, fallecen por cualquier pequeña patología capaz de acabar con la débil vitalidad propia de un anciano entrado en años o debilitado por una enfermedad crónica previa, pequeña enfermedad que a una persona joven no le supone más que unos días de tratamiento y reposo, y a veces ni eso.

Para que el lector crea lo que le decimos, pedimos que preste atención a las noticias que empiezan a aparecer en la prensa y que nos hablan de personas jóvenes que les han detectado la presencia del coronavirus. Hay muchas de ellas que son conocidas públicas, como por ejemplo la misma esposa del presidente del gobierno y la ministra de igualdad, Irene Montero, que unos días antes estuvieron gritando en la numerosa manifestación por la mujer sin ningún síntoma de enfermedad. Ana Pastor ex-presidenta del congreso, Ortega Smith de Vox, el jugador de fútbol Arteta…, y miles de ciudadanos diagnosticados y sometidos a cuarentenas sin ningún sentido lógico… A todos ellos se les ha localizado el virus y sin embargo no les ha pasado nada o, en los casos más graves, han tenido unos días de tos o un resfriado.

Toda esta información se puede encontrar en la prensa diaria y accediendo por internet al Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III, donde el lector encontrará que, por ejemplo, en la temporada invernal de 2017-2018 fallecieron 15.000 ciudadanos a causa de la gripe, en su inmensa mayoría ancianos y que en la temporada 2018-2019 fallecieron 6.300 también de gripe; el coronavirus este invierno no llega a 1.000 fallecidos por ahora; por tanto, cabe preguntarse ¿Es lógico parar el mundo, ante la presencia de un supuesto virus que, como máximo, es capaz de provocar un simple catarro?…

Enrique Costa Vercher…. Doctor Nadie.

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Publicado en Boletín, Control de la población, Salud y enfermedad
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