¿De qué mueren realmente nuestros ancianos en las residencias?

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NOTA: Las fotos añadidas a este correo son meramente ilustrativas

De: Carlos – desde Valladolid – por correo electrónico
Fecha: dom., 5 abril 2020, a las 11:45
Tema: Sobre el brutal encierro al que están siendo sometidos los ancianos en una residencia de Valladolid (España)


Hola. Mi nombre es Carlos. Desde hace tiempo sigo la información que publicáis en
Internet diversas asociaciones que denunciáis los fraudes y los abusos del sistema de salud imperante. Recientemente he sido testigo presencial de uno de ellos, relacionado con todo esto que está pasando de la llamada crisis del coronavirus, y por eso me quería poner en contacto con vosotros.

Hace un par de meses empecé a trabajar de personal de limpieza en una residencia pública de mayores en Valladolid, hasta que el día 2 de abril decidí presentar mi renuncia. A continuación os explico los motivos.

Desde hace un par de semanas, los mayores llevaban ya tiempo sin poder salir de la residencia ni recibir visitas de los familiares; a los trabajadores se nos había obligado a utilizar todo tipo de epi’s [1] que nos debían hacer parecer extraterrestres a los ojos de estas personas (mascarillas, batas de papel o plástico, pantallas faciales, gorros para el pelo, guantes de látex); y, desde el lunes 30 de marzo, la dirección del centro decidió encerrar a los residentes en sus habitaciones, en algunos casos, bajo llave. Ni siquiera se les dejaba asomarse al pasillo, y si algún residente trataba de sugerir a las auxiliares de enfermería la posibilidad de bajar al patio a tomar un poco el aire, las contestaciones solían ser siempre de malas formas, con gritos e intimidaciones verbales. Además, esta medida sólo provocó un caos total, pues se debían subir todas las comidas a las habitaciones, aumentando la carga de trabajo y alterando el horario habitual de las comidas, lo que provocó un nerviosismo extra, tanto entre trabajadores como entre residentes.

Esta semana me tocó limpiar la tercera planta y tuve la oportunidad de hablar con muchos residentes, a los que pregunté qué les parecían las medidas adoptadas. La mayoría me expresaron su desacuerdo con estas nuevas medidas, así como la angustia que toda esta situación les estaba provocando. Alguno incluso me llegó a decir que tenía muy claro que les habían encerrado allí para morir.

Para colmo, el tercer día de encierro de los residentes en las habitaciones, el día 1 de abril, llegaron a presentarse dos camiones de la UME con la intención de “desinfectar” el centro, vete tú a saber con qué. Me llamó la atención que todo estaba siendo grabado por cámaras de televisión, probablemente para difundirlo a través de los medios, y generar más alarmismo, presentando la situación del centro como ‘insostenible’, a pesar de que hasta principios de semana que se decidió encerrar a los abuelos no había nada extraño, y yo veía a todos como siempre, excepto por el nerviosismo creado ante el alarmismo reinante. Pero por este nerviosismo no vinieron los militares. La excusa debió ser un grupo de 10 personas que habían traído hace una semana de una residencia que habían cerrado en Burgos, y que estaban aislados en la primera planta.

Personalmente nunca estuve de acuerdo con todas las medidas adoptadas por la mayoría de los gobiernos en todo el mundo, con la excusa del coronavirus (alarmismo institucional, confinamiento, distanciamiento social, tratamiento de los enfermos en hospitales, sin las familias presentes…), pues nunca antes se le había ocurrido a nadie implantar tales medidas con la excusa de ‘proteger la salud pública’, excepto a los nazis y otros regímenes totalitarios. Siempre me ha interesado mucho la sociología y el análisis de los mecanismos de poder, y, desde el principio, me di cuenta que todo esto del coronavirus no era más que una nueva fase de la doctrina del shock que, desde hace décadas, lleva utilizando el neoliberalismo para imponer sus intereses, una opinión que he tratado de difundir entre mi entorno.

El problema es que, desde el pasado lunes, yo mismo empecé a sentirme un carcelero. Cuando entraba a hacer sus habitaciones, muchos abuelos me preguntaban porqué no podían salir de ellas, que les parecía absurdo, y yo les decía que tampoco lo entendía, que les comprendía, pero que no podía hacer nada. Hablé con una responsable del centro para pedirle explicaciones, y me dijo que los sindicatos les habían denunciado por no aplicar las medidas adecuadas, que obedecían ordenes superiores. Me llegó a decir que ‘si a ella le encerraran en la habitación todo el día, lo pasaría fatal, pero que no podía hacer nada’. Yo me había negado a ponerme la pantalla facial, porque, además de inútil como medida de protección, me parecía que sólo servía para transmitir más pánico a los residentes, y la responsable me dijo que me la debía de poner, que si no, podría perder el puesto de trabajo. Esto me hizo ver, con mucha mayor claridad, que los trabajadores estábamos siendo usados como una especie de ‘arma de guerra psicológica’ contra los residentes. Estar encerrado en una pequeña habitación, viendo el aspecto con el que los trabajadores se paseaban por los pasillos de la residencia, es algo que volvería loco a cualquiera, y más si tienes que permanecer allí todo el día, alejado de otros residentes, y sin poder ver a tus familiares y amigos.

La gota que colmó el vaso fue la citada llegada de los militares de la UME el día 2 de abril. Mientras hacía una habitación, vi por la ventana dos camiones de la UME y a muchos militares (algunos, metralleta en mano) en el parking de la residencia. Con la excusa de tirar unas cajas de cartón bajé hasta el hall principal y pregunté a varios compañeros que estaban en recepción qué hacían allí los militares, contestándome que habían venido para “fumigar” el centro. Me quedé un rato para escuchar la conversación que tres militares mantenían con una médico y varios responsables del centro. El militar que parecía tener el mando insistía mucho en la necesidad de mantener el centro desinfectado. Volví a pedir explicaciones a una responsable y me dijo que no sabía nada, que al parecer se había denunciado al centro por no aplicar las medidas adecuadas, y venían ellos a ponerlas en práctica. Le pregunté que si sabía si iban a desinfectar con los residentes y trabajadores dentro, y con qué. Y, ya con un tono que expresaba cierta molestia, me respondió que harían lo que tuvieran que hacer, es decir, confianza ciega en los militares para combatir un supuesto problema de salud.

Al parecer, según las noticias, ese día desinfectaron el centro con los residentes y trabajadores dentro, todo bajo la atenta mirada de las cámaras de televisión. Y digo “según las noticias” porque, ante el tremendo abuso de autoridad por parte de los militares, la actitud negligente e irresponsable del centro, y la pasividad total de mis compañeros (la mayoría estaban entusiasmados con la llegada de los militares), cogí mis cosas y, antes de que comenzaran a “desinfectar”, me marché por una salida de emergencia que no tenían controlada ni los militares ni las cámaras. No estaba dispuesto a formar parte de toda esta locura ni un segundo más. Además de esto, debieron de dar instrucciones de cómo seguir desinfectado a partir de ese día, lo que implicará la utilización diaria de una elevada cantidad de agentes químicos altamente tóxicos, que el personal de limpieza se verá obligado a utilizar, y los residentes a inhalar (ellos no llevan mascarillas).

Finalmente, al día siguiente, redacté un escrito expresando mi desacuerdo con todas las medidas adoptadas por el centro (epi’s kafkianos, caos organizativo, productos de limpieza tóxicos), debido a que las mismas podían tener efectos mucho más negativos que positivos sobre la salud de los residentes, que todo esto del coronavirus me parecía una excusa para imponer medidas totalitarias que sólo servirían para enfermar aún más a la población más vulnerable, y que yo no estaba dispuesto a colaborar con ello, por lo que presentaba la renuncia a mi puesto de trabajo.

Todo lo que está sucediendo me resulta casi imposible de creer. En la residencia me he llegado a sentir como el protagonista de la novela 1984; la aceptación acrítica por parte de todos mis compañeros de lo que estaba pasando, y la hostilidad de muchos de ellos ante mis opiniones, me recordaba a todo lo que había leído sobre la actitud de las masas en la época del holocausto nazi.

Sé que, ante la brutal manipulación que está ejerciendo el poder sobre la población, se puede hacer poco, pero si creéis que mi testimonio puede ser de alguna utilidad para frenar mínimamente esta locura que estamos viviendo, os animo a que lo publiquéis o lo difundáis entre vuestros contactos del modo que creáis más conveniente, y si queréis contar conmigo para dar públicamente mi testimonio, contad conmigo, pues considero que todo lo que está ocurriendo con la excusa del coronavirus es inadmisible, y si en algo puedo colaborar, estaré encantado.

P.D.: Me acabo de enterar (día 4 de abril), a través de la página de Plural 21 (asociación para el cuidado de la salud) que en algunas residencias de mayores se ha empezado a administrar quimioterapia y otros fármacos bastante abrasivos como tratamiento preventivo (Plural-21), lo que, dado el estado en el que se encuentran los abuelos, es letal para su salud. La verdad es que con esta información me empieza a encajar todo: traer a 10 personas de una residencia de Burgos que cerró porque supuestamente había gente infectada, dar bombo a la situación con la presencia de los militares, y ahora la quimio como “solución”. Ojalá despertemos pronto de esta pesadilla, antes de que sea demasiado tarde.

Un saludo


[1] EPI son las siglas de Equipo de Protección Individual.

Publicado en Boletín, Control de la población, Coronavirus, Falsas pandemias, Noticias, Salud y enfermedad, SISTEMAS DE CONTROL, Testimonios
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